Mirarnos a nosotros mismos

Los hijos son nuestro mayor acto de generosidad o egoísmo en la vida, dependiendo de la perspectiva con la que se mire.

Hay gente que no los tiene o lo piensa durante mucho tiempo porque cree que es ser egoísta, que es pensar en lo que tu deseas y no en la vida que viene y, otros por el contrario, piensan que es crecer como persona, compartir lo que uno tiene, ofrecer incluso lo que no se posee, hacer pequeños “sacrificios”, por decirlo de algún modo, a cambio de todo lo que te aporta la nueva vida.

Hay gente que prefiere disfrutar de su pareja el resto de su vida y no tener hijos.
En definitiva, todo modelo de familia debe ser igual de respetable.
Para mi la familia es aquello que se crea con amor dentro de un hogar. Y lo digo así de genérico porque así lo creo.
Para cada uno su familia es a quienes quiere incondicionalmente, ya conviva o no con ellos.
Tendemos a opinar sobre lo que hace el otro pensando que somos un modelo a seguir y, a veces hay que mirarse a uno mismo y verse los defectos, aunque también es muy importante verse las virtudes.
Hay personas que una vez crean su propia familia, no necesitan mantener unos lazos tan cercanos a la de origen, es decir, si conviven con su pareja, hacen su familia de esa unión y de lo que ellos formen, independizándose de sus padres o hermanos, aunque continúen siendo importantes en sus vidas.
Otros poseen un lazo muy fuerte hacia su familia de origen y hacia la propia familia que crean con su pareja, sus hijos o incluso animales de compañía.
En conclusión, cada uno forma su familia según sus propias necesidades.
Como profesional, reflexiono a cerca de todos los errores que a veces se cometen juzgando u opinando sobre lo que es realmente bueno para cada familia. Hay que adentrarse mucho en la mochila de cada uno para poder ver cuáles son las necesidades de cada familia y cómo poder cubrirlas sin suponer un esfuerzo enorme o un problema añadido.
El post de hoy va dirigido a la autoreflexión, donde cada uno puede pensar sobre lo que tendemos a juzgar al otro sin conocer de cerca sus necesidades. A lo fácil que nos es pensar en lo mal que lo hacen el resto creyendo que somos un ejemplo a seguir.
Quizás, si pensáramos más con el corazón, unido a la razón, por supuesto, seríamos capaces de entender más aquello que nos parece imposible o criticable o tan poco común para nosotros.
Desde que soy madre, aparte de profesional de la Atención Temprana, me hago más a la idea de lo complicado que es cambiar nuestros hábitos, de lo sencillo que es decirle al de enfrente que cambie, de lo que dañan las opiniones sin haberlas pedido, de todo lo que sabe todo el mundo de niños y familia, incluso de todo lo que sabe el mundo de tu niño y de tu familia y lo mejor para ellos y para ti mismo.
Yo soy la primera que reflexiono sobre ello y por eso quiero compartirlo con vosotros.
Lo resumo con dos ideas: opinar cuando nos pidan opinión y siempre respetar como nos gustaría que nos respetaran.

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